Palabras de Rodrigo Rodríguez…

Tengo muy presente el año de 1980, porque fue en ese período donde conocí algo del que-hacer escénico. Hacía parte del grupo del Externado Nacional Camilo Torres, colectivo que dirigía Rosa Virginia Bonilla, por esa época actriz del Teatro Libre, y que tuvo a bien presentarme a la directora de cine Camila Loboguerrero, quien se encontraba haciendo pre-producción del cortometraje Debe haber pero no hay, galardonado ese año con el Búho de Oro de Colcultura. Recuerdo que hacía cámara Sergio Cabrera y actuaba la misma Rosa Virginia y Sebastián Ospina. Vivida esta apa­sionante experiencia actoral, siento esa necesidad desconocer sobre el quehacer escénico. Trabajo con el di­rector y premio nacional de dramaturgia maestro Álva­ro Campos.Ya en 1983, como estudiante de la desaparecida Escuela Superior de Teatro de Bogotá “Luís Enrique Osorio”, co­nozco a un ser determinante en mi vocación por la dra­maturgia, quien por fortuna, era además el director de la escuela por esos años, maestro paradigma Jairo Aní­bal Niño.

Se presenta una situación, ahora la creo natural en la vida de una persona que estudie teatro, es el deseo de organizar un proyecto artístico por fuera de la acade­mia, en parte apoyado en los conocimientos adquiridos, en parte contradiciéndolos abiertamente, pero siempre desde el derecho a soñar. Ese impulso, hermosamente irresponsable, nos sirvió para medir deficiencias, for­talezas y a la final para hacer de la actividad escénica nuestra forma de vida. Así creamos el Taller Formativo Teatral, el Colectivo la Célula y el Teatro Alesia con Her­nando Montenegro, José Luís Orbegoso, Zoraida Peña, Aldo Orjuela, Miriam Toro, Mauricio Córdoba, Aida Guarín, Eduardo González y Julio Castañeda.

Estaríamos en el inicio de 1988, cuando el colectivo en­tró en crisis. ¿Qué grupo no la ha tenido? A la crisis le debemos mucho, nacimos en ella y trabajamos desde la misma. Como teníamos un compromiso en Puerto Bolívar y La Mina en el Cerrejón (La Guajira) decidimos con Aída Guarín, también estudiante de la Escuela, hoy sicóloga radicada en Suiza, crear un nuevo grupo. De la lista de posibles nombres sobrevivieron dos: Deus ex machina y Ditirambo. Dado que la conformación del naciente grupo fue rápida, asociábamos el recurso de la máquina que hacía aparecer al Dios que resuelve o pone fin a los conflictos, sobre todo en las tragedias de Eurípides, a la vertiginosidad de creación del futuro colectivo. Pero también creíamos que así se daba una lectura de autosuficiencia, como que se podía pensar que aparecían como por arte de magia quienes íban a resolver y solucionar la problemática del teatro.

Ditirambo se acomodaba mejor a los objetivos básicos, es un concepto que rodea las celebraciones populares, mezclas de dioses y hombres, principio de composición de un texto, semillita dramatúrgica, cantos en honor a Dionisios, los ditirambos también originaron textos trágicos (Veáse Esquilo, Eurípides o Sófocles). Esas cele­braciones también tenían de alguna manera una inmo­lación, qué sino más analógico que el sacrificio de un actor. Deseábamos escribir teatro e ir encontrando el sentido de lo popular, mestizo y analógico (PMA). Hoy siguen apareciendo nuevos significados para ese teatro que queremos hacer (PMA), seguimos aprendiendo y realmente, pese a las dificultades, nos hemos divertido montones.

Lo anterior nos indica que no somos resultado del teatro universitario de los años cincuenta y sesenta, período en el que se conformaron algunos importantes grupos de teatro en el país, ni tampoco del teatro mortalmente comercial. Tener una posición de rechazo a la injusticia social, a la exclusión, trabajando un teatro, muchas veces de tipo crónica, desde el elemental ejercicio de la ciudadanía se volvió nuestra línea de búsqueda estética.

 La primera sede fue una casa en el barrio Galán de Bo­gotá durante cinco o seis meses de 1988, mientras se daba un proceso de sucesión y la venta del inmueble. Allí ensayamos Gilaldo Sampos, con Aída Guarín y Aldo Orjuela. La obra surge como un sencillo homenaje a quienes fueron compañeros del grupo de teatro La Gangarilla, al que pertenecí. Gil por Gilberto Merchán, Aldo por el actor, compositor e intérprete, hoy residente en Estados Unidos, Aldo Orjuela. San por el apellido del actor Fernando Sánchez y pos por la terminación del apellido de quien fuera mi director: Álvaro Cam­pos

Esta obra es un ícono y después de veinticinco años se mantiene en repertorio. Además Gilaldo Sampos es un ejemplo concreto y resume en buena parte lo que llamamos Teatro Popular Mestizo y Analógico. Luego fuimos acogidos en un salón anexo de la Parroquia La Consolata, después rentamos un apartamento en La Fragüita y también ensayamos un tiempo en el salón comunal del barrio Monte Blanco. En 1992 rentamos la casa en que trabajó el actor y director Agustín Núñez en la carrera 13 con calle 47, que tenía una salita para cien espectadores construida en lo que fuera el solar. Importante fue la contribución que tuvo Ditirambo Teatro en esa etapa del talento de Luz Nelly Campos, Liliana Molina, Hernando Montenegro, Josefina Cruz, Beatriz Restrepo, Dubián Gallego, Jorge López, María Fernanda Herrera, Adriana Sánchez, Javier Pla, Gicela Mondragón, Yolanda Avila, Virginia Ariza, María Teresa Acuña, An­gela Hernández, Miguel Chala, Alfonso Ávila, Catalina Guzmán, Carlos Arturo Garantiva, Carlos Franco, Elisa Korrea, Sandra Nishikuni, Juan Miguel Celis, Narda Ve­landia, Laura Castillo y Alexander Palacio.

Una nueva etapa se da en Ditirambo Teatro con la llegada en 1992 de Margarita Rosa Gallardo Vargas y lo que implicó la obtención de la Beca Nacional de Creación y el Premio Nacional de Dramaturgia con la obra Monta­llantas. Allí participan otros destacados actores como Inés Prieto, Raúl Gutiérrez, Juan José Aguirre, Sigifre­do Vega, Indira Gallardo, Germán González (q.e.p.d.), Deisy Lemus, Leticia Palacio. También han participado en Ditirambo Teatro: Karen García, Nancy Stella Medina, Givier Urbano, Johana Lozano, Arcenio Vargas, Santia­go Merchán, Catalina Esquivel, Nilson Fernández, David Augusto Rodríguez, Yan Arévalo, Ana Andrea Gracia, Diana Sanders, Andrés Gaitán, Wilson Ruíz, Herbert Montaño, Hugo Gómez, Karen Bravo, Carlos Hinostro­za, Sandra Barreiro, Guillermo Castañeda. En proyectos comunitarios y logística: Stella Fajardo, Mugson Cotes, Rocío Forero, Jhon Pinzón, Marisol Martínez, Natalia Acosta, José Luís Montañez, Julio César Bautista, Juan Diego Espitia y como representante legal, Lucero Ro­dríguez.

A las personas mencionadas anteriormente mil gracias por todo el apoyo y dedicación prestado a Ditirambo Teatro. Gracias también, a quienes son y han sido nuestros maestros y por supuesto al público que nos ha acompañado durante estos 30 años.

Rodrigo Rodríguez Fundador – Director, Ditirambo Teatro.